Al pensar en un vino clásico de España, lo primero que nos viene a la cabeza es un Rioja, sin duda. Aunque sin menospreciar a los Riberas del Duero, pero no podemos olvidar que La Rioja es una de las regiones con mayor tradición vinícola de la península.
En dicha zona se fundan las bodegas que con el paso del tiempo se convertirán en las grandes bodegas clásicas y que crearán fama e historia debido tanto a la longevidad y calidad de sus vinos como a la riqueza de sus botelleros. Bodegas como La Rioja Alta que empezó en 1890 o las conocidas Bodegas Bilbaínas nacidas en 1901.
El vino clásico de Rioja suele ser mayoritariamente de tempranillo, mezclado ocasionalmente con garnacha o graciano, o a veces viura, lo que hace un vino con grandes matices y una estructura de mucha calidad, se trata de una mezcla muy interesante, con la acidez óptima y un grado alcohólico en torno a los 13º. La etiqueta de dichos vinos suele ser seria y emblemática, haciendo honor a la historia que hay detrás de estos grandes y a la larga tradición familiar que les acompaña con el paso del tiempo.
Los grandes clásicos de Rioja se diferencian del resto de vinos en que tienden a evolucionar bien debido al increíble potencial de envejecimiento, y si encima estamos hablando de una buena añada, son tesoros que pueden llegar a durar años y años. En su color se podrán apreciar reflejos caoba y un color granate medio, destacan por su finura más que por su intensidad, alcanzando su máxima expresión aquellos etiquetados como “reservas “ o “gran reservas”. Los conocedores del vino conocen estos grandes clásicos de La Rioja como “vinos finos”.
Son rectos, sabrosos y muy completos en nariz, con retrogusto de fruta roja, carne y especies. La larga crianza en madera le aporta unas notas muy presentes, en especial los envejecidos en roble americano. En boca son, complejos y con un gran equilibrio. En definitiva vinos amables y pulidos, vinos que siempre serán una buena elección.
En estos tiempos en los que es tarea ardua complicada encontrar un vino maduro, y donde cada vez se consume más vinos jóvenes, cuando se abre una botella de un buen vino con años, de los que lleva en barrica tiempo y con el paso del tiempo se ha ido afinando en la soledad y la oscuridad de la bodega, un vino de los que el tiempo es su mejor aliado, de los que alcanza una edad perfecta entre la madurez y la armonía, es entonces cuando nos damos cuenta de la grandeza y del placer que supone tener entre las manos uno de estos ejemplares.
En estos tiempos en los que la palabra “clásico”, parece despectiva en este mundo, los vinos se deben juzgar por la calidad dejando de lado si es clásico o moderno. Dejar de beber clásicos es dejar atrás nuestras raíces, nuestra identidad, son vinos cuya misión no es ser puntuados en los mejores concursos y guías, el consumidor debe aprender lo que quiere y lo que busca en cada vino, y a no juzgarlo. Actualmente, donde encontramos más variedades que nunca de vinos, atendiendo a los diferentes estilos, zonas, tipos, crianza, y un sinfín de criterios más, el vino debería ser catalogado como vino bueno o malo dependiendo de su capacidad para evolucionar, para convertirse en el producto que finalmente llegará al consumidor para que éste lo disfrute, y esto se puede conseguir tanto con vinos de corte clásico como otros no tan clásicos, ya que ambos son excepcionales.