Una pregunta que se habrán hecho muchos de ustedes, sobre todo viendo botellas cuyo precio supera las tres cifras…
¿Una botella de vino vale lo que cuesta?. Hay quien paga 30 € en un restaurante por un entrecôte (que es, al fin y al cabo, un trozo de carne en un plato…) y se escandaliza por pagar la misma cantidad por una botella de vino (que entre dos personas supone 15 € por persona...). Hay quien no entiende que un “vinazo” pueda valer lo mismo, pero no duda en pagar una cantidad mucho mayor por un bañador de Christian Dior (que es, al fin y al cabo, un trozo de tela que pesa unos 150 gramos…). Hay quien dice que “su hijo de dos años dibuja los mismos garabatos que pintaba Miró” (y un cuadro de Miró es, al fin y al cabo, un trozo de lienzo y algo de pintura…). Hay quien paga decenas de miles de euros por un Jaguar, y les dirá que no es solo un coche, que es algo más que unos kilos de acero, cuatro sillones de cuero, unos metros de cable, varios fusibles y un navegador integrado. ¿O no?. No hagamos juicios sobre el vino sin entender y comprender lo que hay detrás: la inversión, la innovación, el riesgo y el arte. Un vino es algo más que zumo de uva fermentado.
En general, el precio lo da la calidad, la procedencia y la mayor o menor producción (la ley de la oferta y la demanda), aunque también, aunque esto en casos muy excepcionales, que exista un excéntrico millonario dispuesto a pagar lo que sea por una determinada botella.
La calidad dependerá de varios factores que encarecen la producción: que la vendimia se haga de forma manual, que el rendimiento por hectárea de viñedo sea muy bajo, que se seleccionen solo los mejores racimos antes de entrar en bodega, que solo se elabore en añadas de climatología excepcional (y por lo tanto, de materia prima excepcional), que la bodega invierta en I+D+i, que tenga una larga crianza y que sea en el mejor roble francés (que es el más caro) y que las barricas se renueven cada año o cada dos años, que luego se mantenga en bodega embotellado hasta su momento óptimo de consumo (lo que representa un inmovilizado muy costoso), que se utilice corcho flor de la mejor calidad para taponar la botella, el tipo de cristal de ésta y su diseño y un largo etcétera…
La procedencia es un factor relevante, ya que hay denominaciones vitivinícolas que se han ido ganando a pulso y a fuerza de ofrecer una calidad impoluta y homogénea en sus marcas y añadas, un prestigio que se refleja en el precio de la hectárea de viñedo: por ejemplo, en Pomerol (Burdeos, Francia) donde se produce uno de los vinos más caros del mundo, la hectárea cuesta, actualmente, unos dos millones de euros. Un origen conocido y prestigioso da confianza al consumidor, y eso significa mayor potencial de ventas.
Pero claro, también hay vinos sólo aptos para millonarios. Normalmente, reúnen varias características: son vinos excelentes, exclusivos, de muy escasa producción y de añadas excepcionales. Muchos de ellos son botellas para coleccionistas, cuyo contenido, en ocasiones, es imbebible. Algunos de ustedes se plantearán si vale la pena pagar estas cifras por una botella de vino que en algunos casos no podrá ser descorchada. En todo caso, de lo que no cabe duda, es de que sus propietarios saben que el vino es excepcional porque se lo han contado.
Pero no piensen que hay que gastarse cantidades ingentes de dinero para disfrutar un buen vino: hay muchos con una excelente relación calidad–precio. Hay que probar, educar el paladar y beber los vinos que nos proporcionen placer.